Thursday, July 17, 2008

Falsos do cu mentales

La denominación “falso documental” ya me parece en sí mismo contradictoria. Todo documental, por muy objetivo que pretenda ser, acaba mostrándonos un punto de vista subjetivo. Sin duda, Michael Moore ha reabierto un debate entre quienes pretenden alcanzar la realidad a través de los documentales y aquellos que pensamos que todo documental es en última instancia ficción.
Estos días atrás me he dado cuenta de mis lagunas sobre el tema y que lo que sé sobre él no es demasiado. Pero entiendo que esos documentales o falsos documentales en los que la ficción sustituye a una pretendida realidad encierran parte de las claves del arte cinematográfico del siglo XX. Es, en cierta manera, la respuesta del cine a la metaliteratura.
Porque, si lo analizamos en su estructura, una de las películas fundacionales del cine moderno, es en esencia un falso documental. Ciudadano Kane mantiene hoy en día toda su fuerza narrativa en gran medida gracias a la (inusual para la época) forma de presentar la historia. Welles hizo del engaño mediático una forma de vida: Lo fue su adaptación de la guerra de los mundos, lo fue Ciudadano Kane, lo fue también su fallida adaptación del Quijote y lo fue también, volviendo a sus orígenes al final de su carrera en F from fake (Fraude)
En Fraude, Welles anuncia al principio de la proyección que lo que van a ver los espectadores durante la próxima hora es rigurosamente cierto, obviando que la duración de la película es mayor. El documental sobre el falsificador Elmyr D’Ory, realizado por François Reichenbach es la parte digamos “real” del film. En sí mismo la historia de este falsificador es muy interesante, el giro que da Welles al final de la proyección nos hace meditar sobre el concepto de obra de arte y su validez dependiendo de quien sea su autor. Similares conceptos los podemos encontrar en Off Side, de Torrente Ballester, más cuando no parece descabellada la idea que ciertas obras de Goya expuestas en grandes museos no sean más que falsificaciones.
Otro cineasta que debutó en la dirección con un falso documental fue Woody Allen, Take the money and run (1969), aunque su obra más famosa de este género sea Zelig.
Y aquí viene el motivo de este mensaje, intrascendente como muchos otros y pasajero como todos (afortunadamente)
Entre otras apariciones no tan conocidas para el público no estadounidense, aparecen en Zelig Susan Sontag y Saul Bellow, ambos recientemente fallecidos, y que apuntaría a esa conexión entre el “falso documental” y la literatura actual, elevando el género a la categoría de metaficción.

Yoknapatawpha: Los Sartoris

Los Sartoris son una de las familias más antiguas del condado de Yoknapatawpha y una de las más mencionadas en las obras de Faulkner. El origen del nombre de la familia se narra brevemente en el capítulo inicial de Requiem for a nun. Los una vez aristocráticos Sartoris, propietarios de esclavos antes de la guerra civil estadounidense son protagonistas de dos novelas de Faulkner, Sartoris (una reelaboración de los temas de una anterior obra, Flags in the dust (Banderas sobre el polvo), título que prefería Faulkner) y The Unvanquished (Los invictos, 1939), y de un buen número de historias cortas, y aparecen mencionados en otras obras del autor. El nombre Sartoris se emplea también para designar a la plantación familiar, situada, según el plano de Yoknapatawpha aparecido en Absalom, Absalom!, a cuatro millas al norte de la ciudad de Jefferson, junto a la línea férrea de los Sartoris.

El Coronel John Sartoris (1823- 4/11/1876) es el legendario progenitor de la familia Sartoris en Yoknapatawpha. Es el primogénito de una familia nacida en Carolina, tiene un hermano, Bayard, y, aparentemente, varias hermanas, la menor de las cuales, Virginia Du Pre, se trasladará a Yoknapatawpha en 1869.

John Sartoris llegó a Jefferson hacia el año 1837, y construyó la plantación de los Sartoris. Se casó con una hija de Rosa Millard y tuvo tres hijos, dos hijas cuyos nombres no son revelados en ninguna novela, y un hijo, Bayard, nacido en Septiembre de 1849. En The Unvanquished, sin embargo, Bayard no menciona a sus hermanas, y sólo sabremos que su madre murió al darle a luz. En cualquier caso, y dejando aparte las posibles inexactitudes en las genealogías de Faulkner, John Sartoris es viudo al iniciarse la guerra civil, cuando él y Thomas Stupen reúnen el primer regimiento de soldados confederados del condado y parten hacia Virginia a luchar. Elegido Coronel en principio, un año después es destituido por la tropa y vuelve a Mississippi donde reúne una unidad de Partisan Rangers y se une al ejército de General Nathan Bedford Forrest. El éxito de sus incursiones causan que la Unión ponga precio a su cabeza. Tras la guerra es obligado a casarse con Drusilla Hawk, prima de su primera mujer, pero el día de su boda mata a Calvin Burden y a su hijo mayor, también llamado Calvin, cuando estos se manifestaban en Jefferson por los derechos civiles de los recientemente liberados esclavos. Con este crimen, Sartoris evita la elección de Cassius Benbow, un hombre negro, como candidato a U.S. Marshall. En los años posteriores a la guerra, Sartoris se convierte en político y en hombre de negocios, construye una vía férrea, completada en 1876, y se presenta como candidato a la Legislatura del estado, derrotando a su antiguo socio, B.J. Redmond, quien en un ataque de ira motivado por años de continua rivalidad decide matar a Sartoris. Aunque conoce las intenciones de Redmond, decide esperarle desarmado, como le explica a su hijo en The Unvanquished: “Estoy cansado de matar hombres; no me importa si es necesario o si existe una razón. Mañana, cuando vaya a la ciudad a encontrarme con Redmond, iré desarmado”

Confirmando su predicción, Sartoris muere por los disparos de Redmond el 4 de septiembre de 1876 (En Flags in the dust, el apellido es Redlaw, y la fecha inscrita en la lápida de Sartoris es 4 de agosto)

Faulkner modeló conscientemente el carácter del Coronel Sartoris a partir del de su bisabuelo, William Clark Falkner, y varios de los hechos atribuidos a Sartoris (especialmente el ser destituido por sus tropas, construir un ferrocarril y morir a manos de un antiguo socio) le ocurrieron de la misma forma a Falkner.

Siendo uno de los principales ciudadanos del condado de Yoknapatawpha, el Coronel Sartoris, aparece o es mencionado en muchas obras de Faulkner, aparte de las dos novelas sobre los Sartoris: The sound and the fury, Light in August, Absalom, Absalom!, The hamlet, Go down Moses, Requiem for a nun, The town, The mansión, The reivers, “Barn burning”, “Shall not perish”, “Mi grandmother Millard” y “There was a quenn”

Bayard Sartoris I (1838-1862) Hermano del Coronel John Sartoris y de Virginia Du Pre. Su nombre, que sería el de varios de sus descendientes, procede de Pierre Terrail, Seigneur de Bayard, un héroe militar francés, llamado “le chevalier sans peur et sans reproche” por su valor y su caballerosidad en las campañas italianas de Carlos VIII, Luis XII y Francisco I de Francia. Durante la guerra civil Bayard Sartoris se alistó como jinete y ayuda de cámara en la caballería de Jeb Stuart. Murió por los disparos de un cocinero de la Unión en una descabellada incursión para capturar un cargamento de anchoas.

Virginia Du Pre Sartoris (1839-1929) La hermana menor del Coronel John y de Bayard Sartoris, nacida en Carolina. Se casó con un hombre apellidado Du Pre que murió durante la guerra civil. Cuando fue a vivir con los Sartoris en Mississippi en 1869 (según Flags in the dust) tenía treinta años, de ellos “dos de esposa y siete de viuda” Indomable y de voluntad de hierro se hizo cargo de la casa familiar y sobrevivió a todos los Sartoris varones, excepto a Benbow, su tataranieto. También es conocida como “Tía” o “Miss” Jenny. Aparece en Sartoris, Sanctuary (como Genevieve Du Pre), The Unvanquished, Requiem for a nun (como Mrs Depre), The town (como la vieja hermana de Bayard), “All the deads pilots” (como Virginia Sartoris) y en “There was a quenn”

Coronel Bayard Sartoris II (Sept. 1849- Dic 1919) tercer hijo y único varón del Coronel John Sartoris, nacido en la plantación al norte de Jefferson. Se crió junto al esclavo de la familia, Ringo, al ser los dos aproximadamente de la misma edad, en la casa familiar de los Sartoris, durante la guerra civil. Sus primeros juegos inocentes pronto se convertirían en serios por los acontecimientos de la guerra, primero cuando hieren a un soldado de caballería de la Unión que les encañonaba y después cuando tratan de vengarse del Mayor Grumby, responsable de la muerte de su abuela, Rosa Millard. Pasados los años, el joven Bayard rehuye la violencia para solucionar sus problemas mientras espera para vengar la muerte de su padre a manos de B.J. Redmond. Desarmado, Bayard se enfrenta a Redmond, quien le dispara dos veces fallando ambos tiros; poco después Redmond abandona Jefferson para siempre, tal como lo relata Bayard en The Unvanquished.

Bayard aparece en Sartoris, donde es frecuentemente llamado Coronel o “Old” Bayard, el viejo Bayard. Casado, tuvo un hijo llamado John, muerto en 1901. Fue uno de los ciudadanos más destacados de Jefferson, siendo alcalde de la ciudad hacia 1894; posteriormente fundó el Merchants and Farmers Bank siendo su presidente hasta que fue obligado a abandonar el cargo a causa de su edad.

Sus intentos de preservar las tradiciones y la herencia cultural, le llevaron a tomar medidas extremas, tanto en su hogar, donde sólo se le podía llevar en carruaje, como en la ciudad, donde promulgó leyes que prohibían la circulación de vehículos con motor por las calles, y (según “A rose for Emily”) obligó a los sirvientes negros a aparecer en público llevando un delantal. Irónicamente, murió de un ataque al corazón mientras viajaba en el coche de su nieto Bayard.

A parte de las dos novelas de los Sartoris, es mencionado en “My grandmother Millard” y aparece en The hamlet, Requiem for a nun, The town, The mansion, The reivers, “The bear”, “A rose for Emily” y “There was a quenn”.

John Sartoris II. Este hijo del Coronel Sartoris se casó con Lucy Cranston y tuvo dos hijos gemelos, Bayard y John. Luchó en la guerra entre España y Estados Unidos y murió en 1901 a causa de la fiebre amarilla contraída en la guerra. Aparece en Sartoris y “There was a quenn”

John Sartoris III (16 de marzo de 1893- julio de 1918) Y Bayard Sartoris III (16 de marzo de 1893- 5 de junio de 1920) Los hijos gemelos de John Sartoris II y Lucy Cranston.

John III estudió en la Universidad de Virginia y en Princeton, antes de alistarse en la Royal Air Force y convertirse en piloto durante la primera guerra mundial. Fue abatido y murió tras las líneas enemigas en julio de 1918, aunque la fecha difiere según las dos novelas. Aparece también en “All the dead pilots” y “There was a quenn”

Bayard III estudió en la Universidad de Virginia y luego aprendió a pilotar en Memphis, donde conoció y se casó con Caroline White. Durante la primera guerra mundial se alistó en la R.A.F. y fue destinado a Europa. Cuando su hermano fue abatido él se responsabilizo de su muerte. Mientras sobrevolaba el Atlántico de vuelta a casa. El 27 de octubre de 1918, su mujer y su hijo recién nacido, a quien meses antes de nacer había decidido llamar Bayard, mueren. De vuelta a casa, en 1919, se casa con Narcisa Benbow. Fue causante involuntario de la muerte de su abuelo, el viejo Coronel, mientras le llevaba a pasear en su nuevo coche. Se convirtió en piloto de pruebas de aviones, y murió manejando un aparato que él sabía inseguro en Dayton, Ohio, el 5 de junio de 1920, según reza en su lápida en la novela Sartoris. El mismo día, su mujer dio a luz a su hijo, Benbow (Bory) Sartoris. Bayard Sartoris III aparece también en The town, The mansion, “Ad astra” y “There was a quenn”

Benwob (Bory) Sartoris (11 de junio de 1920-?) Aunque su tía Jenny quiso llamarle John, su madre, Narcisa, decidió ponerle de nombre su apellido de soltera. El único superviviente masculino de la familia Sartoris y el único que no se llamó o John o Bayard. Aparece en Sartoris, Sanctuary, The town, The mansion, “Knight’s gambit” y “There was a quenn”

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Jack the rip per

Estoy leyendo un curioso libro escrito por Patricia Cornwell en el que, tras una exhaustiva investigación subvencionada por la autora, unos 4,8 millones de euros pagados de su propio bolsillo, revela la identidad de Jack el destripador.
Así, Retrato de un asesino, lleva el subtítulo de “Jack el destripador. Caso cerrado”
Cornwell borra de un plumazo todas las teorías conspirativas, todas las conexiones que apuntaban a la Corona inglesa como presunta ocultadora de la identidad del asesino, para darnos el nombre preciso del asesino. De todas formas, como bien afirma la autora, sólo un análisis con las modernas técnicas de identificación de ADN podría confirmar su teoría. Yo creo que sólo es una teoría fundada en indicios no concluyentes pero construida de forma bastante amena con la tensión narrativa a la que la autora nos tiene acostumbrados.
Sí, leo novelas policíacas.
Patricia Cornwell se hizo famosa (y multimillonaria) gracias a su serie de novelas protagonizadas por la Doctora Scarpetta. Debo decir que hace tiempo que dejé de seguir la serie porque, a pesar de la pericia de la autora para mantener una tensión argumental y la buena construcción de personajes, ambientes y métodos forenses de investigación, en demasiadas ocasiones afloraba ese rancio tufillo ultraconservador estadounidense que acababa convirtiendo largos pasajes de sus novelas en apologías del derecho a llevar armas, la necesidad (?) de la pena de muerte y otras lindezas por el estilo.
La misma prepotencia le lleva a concluir que sus investigaciones son inequívocas, de forma que durante toda la novela (saltándose a la torera toda presunción de inocencia) define a Walter Richard Sickert como asesino en serie. (Poned el nombre del supuesto Jack en un buscador de imágenes. Según Cornwell en muchos de esos cuadros hay pistas evidentes sobre la autoría de los crímenes)

En fin, no recomiendo el libro a nadie que no sea un fanático del tema o de su autora.

Y entre todas las teorías, que hay muchas, me quedo con la de Julio Cortázar:

En la idea figurada que me hago de un mundo mejor, Jack había venido a la tierra para destripar a la reina. Cuando digo Jack, cuando digo reina, quizá usted ya me entiende; y si todavía no está claro entérese de que un tal Henry Mayhew, citado por Franklin en su estudio sobre el Ripper, comprobó que en tiempos de la gloriosa soberana las condiciones de vida en Londres eran tan monstruosas que el número de prostitutas pasaba de ochenta mil. El desempleo, la miseria, el despotismo social, no dejaban a esas mujeres otro reino que el de la ginebra, las enfermedades venéreas o el cuchillo; para una Moll Flanders, ¿cuántas acababan como la Nancy de Oliver Twist? Desde luego, los estadígrafos y la mofletuda soberana no se enteraban de nada. Y nada resume mejor el paraíso victoriano que la frase de una de las muchachas del East End, cuando le aconsejaban que cesara de trabajar en la calle para no encontrase con el Ripper: “Bah, que venga. Cuanto antes mejor, para una como yo”.

El texto completo, que es una joya, se llama y se encuentra:

Jack the Ripper blues

La técnica Ludovico (y II)

Pero esta vez, oh hermanos míos, no sólo me sentí muy enfermo sino además muy asombrado. Lo pasaron todo de nuevo: la vieja ultraviolencia y los vecos con las golovás aplastadas y las ptitsas destrozadas y goteando crobo que crichaban pidiendo compasión, y las peleas y porquerías privadas e individuales de costumbre. Después aparecieron los campos de prisioneros y los judíos, y las grisáceas calles extranjeras atestadas de tanques y uniformes y vecos que caían barridos por las balas, que era el lado público del asunto. Y esta vez no había motivo para las náuseas, la sed y los dolores, excepto el hecho de que me obligaran a videar, pues seguían poniéndome los broches en los glasos, y habían asegurado las nogas y el ploto al sillón, pero ya no tenía los cables y demás vesches aplicados al ploto y la golová. De modo que lo que me estaba pasando era culpa de las películas que videaba, ¿no les parece? Excepto, por supuesto, hermanos, que esta vesche de Ludovico fuese como una vacuna, y que ahora me estuviese viajando por el crobo, y en ese caso me enfermaría siempre siempre siempre cada vez que videase una escena de ultraviolencia. Así que abrí la rota y empecé buuu buuuu buuu, y las lágrimas enturbiaron lo que yo estaba obligado a videar, pues tenía que ir pasando como por una cortina de gotas de rocío plateadas y que corrían y corrían. Pero los brachnos de chaqueta blanca vinieron scorro a limpiarme las lágrimas con unos tastucos, diciendo: -Bueno, bueno, vean qué chiquillo más llorón. -Y entonces todo reapareció claro ante mis ojos, los alemanes que empujaban a los judíos suplicantes y gimientes, vecos y chinas, y málchicos y débochcas, metiéndolos en los mestos donde los ahogarlan a todos con gas venenoso. Buuu juuu juuu otra vez, y en seguida estaban limpiándome las lágrimas, muy scorro, para que no me perdiera ni una vesche solitaria del espectáculo. Fue un día terrible y horrible, oh hermanos míos y únicos amigos.

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La téc nica Ludovico

-Señor, he hecho todo lo posible, ¿verdad? -Cuando yo goboraba con los vecos de autoridad mi golosa era siempre muy cortés y de caballero.- Me he esforzado,¿verdad?
-Creo -dijo el chaplino- que en general te has portado bien, 6655321. Colaboraste, y creo que has mostrado verdaderos deseos de reformarte. Si sigues así, conseguirás fácilmente que te reduzcan la pena.
-Pero, señor -lo interrumpí-, ¿qué puede decirme de eso que se comenta ahora? ¿Qué hay de ese nuevo tratamiento que permite salir en seguida y garantiza que uno nunca vuelve?
-Oh -dijo el chaplino, de pronto muy cauteloso-. ¿Dónde oíste eso? ¿Quién te contó?
-Esas cosas se comentan, señor -dije-. A veces hablan dos guardias, y uno no puede dejar de oír lo que dicen. O uno recoge un pedazo de diario en los talleres, y hay un artículo que lo explica todo. ¿Qué le parece si me propone para ese asunto, señor, si me permite la audacia de insinuárselo?
Se podía videar que el chaplino pensaba en el asunto mientras fumaba el cancrillo, preguntándose qué podría decirme, y lo que yo sabría de esa vesche. Al fin habló, pero sin dejar de mostrarse cauteloso: -Supongo que te refieres a la técnica de Ludovico.
-Ignoro cómo la llaman, señor -dije-. Sólo sé que a uno lo saca rápidamente de aquí, y aseguran contra toda posible vuelta.
-Así es -dijo el chaplino, mirándome y frunciendo el ceño-. Así es, 6655321. Por supuesto, no ha pasado de la etapa experimental. Es algo muy sencillo, pero muy drástico.
-¿Pero no la están usando aquí, señor? -pregunté-. Esos nuevos edificios blancos en la pared sur. Vimos cómo los construían mientras hacíamos gimnasia.
-Todavía no se la ha aplicado -dijo el chaplino-, por lo menos en esta prisión, 6655321. Él mismo tiene graves dudas acerca del asunto, y he de confesar que yo las comparto. El problema es saber si esta técnica puede hacer realmente bueno a un hombre. La bondad viene de adentro, 6655321. La bondad es algo que uno elige. Cuando un hombre no puede elegir, deja de ser hombre. -Hubiera seguido dándome más montones de la misma cala, pero alcanzamos a slusar el grupo siguiente de plenios, que bajaba clanc clanc los escalones de hierro en busca de un pedazo de Religión. El chaplino dijo: -Hablaremos de este asunto. Ahora, mejor sigue con tu trabajo. -Así que me acerqué al estéreo y puse el coral preludio Wachet Auf de J. S. Bach, y aquellos criminales y pervertidos, grasños, vonosos y bastardos, entraron atropellándose como un montón de monos domados, y los chasos atrás, como perros que ladraban y atropellaban. Y poco después el chaplino de la prisión les decía:
-¿Y ahora qué pasa, eh? -y así la escena comenzó a repetirse.

Anthony Burgess
A Clockwork Orange
Traducción de Aníbal Leal

Yoknapatawpha: Los Sutpen (Absalom, Absalom!)

Thomas Sutpen (1807- 12 agosto de 1869) El mítico plantador, nacido pobre, pero decidido a escalar socialmente, decidió aprovechar el sistema de castas del Sur de antes de la guerra para crear una dinastía de riqueza y poder. Emigrado a Haití desde Virginia, donde dirigió una plantación de azúcar y se casó con la hija del plantador, a la que repudió, y al hijo que tuvo con ella, Charles, al enterarse que la familia de ella descendía de negros.
En 1833 llegó a Jefferson, y así se narra en el inicio de Absalom, Absalom!, en la conversación entre Rosa Coldfield y Quentin Compson:

“Al parecer, este demonio se llamaba Sutpen (el Coronel Sutpen). El Coronel Sutpen. Que vino no se sabe de donde y sin anunciarse, con una banda de negros vagabundos, y llevó a cabo una plantación. (Arrancó violentamente una plantación, según dice la señorita Rosa Coldfield.) La arrancó violentamente. Y se casó con su hermana Elena y engendró una hija y un hijo. (Los engendró sin cariño, dice la señorita Rosa Coldfield). Sin cariño. Ellos, que debían de haber sido su orgullo, el escudo y consuelo de su vejez. (Pero ellos lo aniquilaron, o algo así; o fue él quien los destruyó a ellos, o algo así. Y murieron.) Murieron. Sin ser llorados por nadie, dice la señorita Rosa Coldfield. (Salvo por ella.) Sí, salvo por ella. (Y por Quentin Compson) Sí, por Quentin Compson.”

La plantación se llamó Sutpen’s Hundred (en algunas traducciones El ciento de Sutpen), cien millas cuadradas de tierra fértil al norte del condado de Yoknapatawpha, conseguida con engaños y comprada a Ikkemotubbe, el jefe indio Chickasaw, y acabó tras la muerte de Sutpen en manos del Mayor De Spain y usada como pabellón de caza, tal como se narra en Desciende, Moisés.
Llegó en 1833 acompañado por un grupo de esclavos de Haití y un arquitecto francés que durante tres años no abandonó el lugar hasta tener acabada la mansión. Buscando la respetabilidad y fiel a su idea de construir una dinastía, se casó con Ellen Coldfield, hija de un piadoso comerciante de Jefferson, con la que tuvo dos hijos, Henry y Judith.
Alcanzó el grado de Coronel durante la Guerra Civil, en el regimiento del Coronel Sartoris. Cuando tras la guerra volvió a casa hacía tres años que su mujer Ellen había muerto y su hijo Henry había matado a su hermanastro Charles, y luego había desaparecido. Dispuesto a conseguir su objetivo propone matrimonio a Rosa Coldfield, hermana de Ellen, insultándola con la condición de que previamente se quede embarazada de un varón. La obsesión de Sutpen que le perseguirá toda su vida, logra que tenga una hija con una esclava negra, y otra hija de sus relaciones con Milly Jones, hija de un aparcero pobre y blanco Wash Jones. Cuando en 1867 entabla relaciones con su hijastra Emily Jones y consigue que se quede embarazada, muriendo en el parto tanto ella como la criatura, Wash Jones asesina a Thomas Sutpen.
Thomas Sutpen aparece en Requiem for a nun, y el primer capítulo de Desciende Moisés, y es mencionado en The unvanquished, The town y The reivers.

Henry Sutpen (1839- Diciembre de 1909) El hijo mayor de Thomas Sutpen y Ellen Coldfield. Estudió en la Universidad de Mississippi, donde conoció a Charles Bon, sin saber que este era su hermanastro, hijo repudiado del anterior y nunca mencionado matrimonio de su padre en Haití. Gracias a esta amistad, Charles conoce y se enamora de Judith, su hermanastra. Charles y Henry sirvieron juntos en la Guerra Civil, pero al finalizar esta, enterado Henry del origen de Charles y ante la pretensión de éste de casarse con Judith, Henry mata a Charles en el puente de Sutpen’s Hundred, huyendo después de la justicia y no volviendo a la plantación hasta los últimos días de su vida. Murió cuando Clytie Sutpen incendió la casa para evitar que Henry fuera detenido por el asesinato de Charles.
Aparece también en Desciende Moisés, donde se dice que murió durante la guerra.

Judith Sutpen (3 de octubre de 1841- 12 de febrero de 1884) Hija de Thomas Sutpen y Ellen Coldfield, viuda antes de casarse, decidió permanecer en Sutpen’s Hundred soltera hasta su muerte. Mandó a su hermanastra negra, Clytie a New Orleans a buscar al hijo que Charles Bon había tenido con una mujer cuarterona, llevando así a Charles Etienne de Saint Velery Bon a vivir con ella, hasta que este contrajo fiebre amarilla, enfermedad que acabó con ambos.

Clytemnestra (Clytie) Sutpen (1834- Diciembre de 1909) Hija mulata de Thomas Sutpen y una esclava negra haitiana, nació en Sutpen’ Hundred, y representa la fuerza más estable que ocupa la “negra mansión” de los Sutpen:
Clytie, que nada tenía de inútil; perversa, inescrutable y paradójica: libre, pero incapaz de apreciar la libertad aunque ni un solo día se tuvo por esclava. Clytie, que no prometía fidelidad a nadie (…) (sí, una salvaje, mitad negro selvático, mitad sangre de Sutpen; y sí “indómito” es sinónimo de “salvaje”, entonces “Sutpen” es la crueldad silenciosa e insomne de la fusta del domador) obediente por falsía a quien le inspiraba temor, pero no en la realidad; aunque en realidad sea fidelidad, fidelidad al primario principio inmutable de su propia ferocidad”
“…el frío Cerbero del infierno privado (de Sutpen)…el rostro sin sexo ni edad, por que nunca había poseído otro: la misma cara de esfinge con la que había nacido”


Rompió el aristocrático código social de los esclavos negros cuando tuteó a Rosa Coldfield en su cara. Cuidó a Jim Bond, el hijo retrasado de Charles Etienne, durante veintisiete años y prendió fuego a la casa cuando una muchedumbre venía a prender a Henry Sutpen, muriendo los dos en el incendio.

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Yokna patawpha

El condado de Yoknapatawpha, situado al norte del estado de Mississipi, es el lugar donde se desarrollan la mayoría de las novelas y cuentos de William Faulkner y está inspirado en el hogar natal del escritor, el condado de Laffayette, Mississipi. Las novelas del ciclo de Yoknapatawpha son: Sartoris (1929), The sound and the fury (1929), As i lay dying (1930), Sanctuary (1931), Light in august (1932), Absalom, Absalom! (1936), The unvanquished (1939), The hamlet (1940), Go down, Moses (1942) Réquiem for a nun (1952), The town (1957), The mansion (1959), y The reivers (1962)
Originalmente estaba habitado por la tribu india de los Chickasaw, y su nombre deriva de dos palabras indias: Yokona y petopha, con el sentido de “tierra agrietada”. Los primeros pobladores blancos se asentaron en la zona alrededor del año 1800. Antes de la guerra civil estadounidense se podían hallar en la región varias grandes plantaciones, entre las que destacan las de los Grenier en el sureste, la de los McCaslin en el noreste, la de los Sutpen (Sutpen´s Hundred) en el noroeste y la de los Compson y la de los Sartoris en las proximidades de la capital del condado, Jefferson.

En la novela Absalom, Absalom! (1936) la sexta ambientada en Yoknapatawpha, Faulkner incluyó un mapa manuscrito de su apócrifo condado. Las dimensiones del condado según este mapa serían de 2400 millas cuadradas y su población de 15611 habitantes, de los cuales 6298 son blancos y 9315 negros. El mapa viene firmado por: “William Faulkner, único dueño y propietario” y es significativo ya que no sólo describe lugares y sucesos de Absalom, Absalom! sino también de posteriores novelas de Faulkner. La ciudad de Jefferson, situada en el centro geométrico del condado, es intersección de las principales rutas de la región: al norte hacia Memphis Junction, al sur hacia Mottson, al este y al oeste atravesando el condado, al noroeste hacia Sutpens Hundred, al noreste hacia las tierras de McCallum, y al sureste hacia la aldea de Frenchman’s Bend, junto al río Yoknapatawpha.
(Según se cuenta en El villorrio, los esclavos de la primera plantación en el área de Frenchman’s Bend, construyeron una contención de diez millas para evitar inundaciones por las crecidas. En Mientras agonizo, el río se desborda, destruyendo varios puentes, cuando Anse Bundren y su familia transportan el cadáver de Addie Bundren a Jefferson para ser enterrada)

La capital del condado de Yoknapatawpha, Jefferson, situada en su centro, a unas setenta y cinco millas al sudeste de Memphis. La ciudad fue en principio una agencia de correos, cuyo primer agente fue el doctor Samuel Habersham, por lo que al lugar se le conocía por ese nombre, Habersham’s. Entre los posteriores pobladores blancos de la zona destacan Louis Grenier (que más tarde se trasladaría a Frenchman’s Bend, a la casa conocida como Old Frenchman Place) y Alexander Holston, que construyeron la primera posada de la ciudad, el Holston House. En 1883 la comunidad pasó a llamarse Jefferson, para apaciguar al jinete del correo Thomas Jefferson Pettigrew, por el supuesto robo de un candado de su saca de correos, para ponerlo en la puerta de la cárcel. Muchas de las historias de la ciudad son relatadas en Réquiem por una monja.
La ciudad es reflejo del Oxford en el que vivió Faulkner, y muchos de sus lugares aparecen en las novelas: la plaza del palacio de justicia, con su estatua de un soldado confederado, las tiendas de la plaza. Una diferencia no presente en la ficción es la Universidad de Mississipi, en la realidad sita en Oxford, pero que no se encuentra en Jefferson en las novelas, sino en Oxford, a cuarenta millas de Jefferson.

(Los textos de esta serie de mensajes están más o menos traducidos de:
http://www.mcsr.olemiss.edu/~egjbp/faulkner/faulkner.html
Con alguna ligera aportación personal.)

Mafiosos

¿Qué es lo que nos fascina en este tipo de historias? Tanto El Padrino, Goodfellas o la serie Los Soprano nos sumergen en una comunidad amoral que posee sus propias leyes, un estado dentro de otro estado, una sociedad con sus propias reglas inmersa en nuestra sociedad, cuyos personajes tienen nuestras mismas debilidades y ambiciones, pero encuentran dentro de la “familia” la protección y, digamos, la “justicia” que el sistema, nuestro sistema, nuestra sociedad, no puede (ni debe) ofrecer generalmente. Las cosas de la familia se resuelven dentro de la familia.

En cierto sentido todas estas historias remiten a cierta sociedad autogestionada, rígidamente organizada, sí, pero en cierto sentido anárquica y autónoma. El “Mundo Feliz” de los nuevos tiempos.

Una Utopía en la que todo está al alcance de la mano, siempre que uno esté dispuesto a pagar el precio excesivamente alto que implica.

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Los So prano

Tony Soprano a Johnny “Sack” Sacramoni, el nuevo capo de New York:

¿Sabes una cosa, John?… te voy a dar dignidad… que te den por culo.

(Una de las pocas cosas en las que coincido con Javier Marías, la fascinación por esta serie de televisión)

La tiranía del lector (V)

Apreciado Rob:
En un mundo perfecto gritar en un estadio ¡Mono! a un jugador sería alabar su condición de único; decir que un niño es “mono” sería admirarse por el prodigio de la evolución.

Pero no vivimos en un mundo perfecto… que le pregunten a Cándido

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La tira nía del lector (IV)

Me gustaria algo sobre la sonrisa, por comparacion de un niño y un viejo. gracias
carmen

La tarde se alarga pesada. Las tiras de madera de la persiana no dejan entrar la hiriente luz del sol, pero tampoco el aire
-¿La has visto, Amelia?
-No hay nadie, Ernesto
Y continúa trenzando las hojas de palma. Agosto, septiembre, octubre, noviembre.
-¿En qué mes caerá el domingo de Ramos el año que viene?
-La nena lo debe saber
-¿Qué nena, Ernesto? No hay nadie.
Diciembre, enero, febrero, marzo. Seguro que en abril. Ocho meses aún manejando las hojas tratadas con azufre que le secan las manos como se le ha secado el cerebro al anciano que sonríe viendo lo invisible.
-Mírala. ¿Verdad qué es guapa?
-No hay nadie, Ernesto. ¿No lo ves? No hay nadie
La sonrisa es un accidente, un síntoma de la enfermedad que le deja indefenso como si fuera un niño.
Y su mujer con el azufre, nueve meses al año, entre sus ágiles dedos que mueven las delgadas hojas convirtiéndolas en alambicadas filigranas que desprenden polvo azufrado, inhalado nueve meses al año.
-¿Vendrá la nena?
-Sí, Ernesto. Luego vendrá.

Descenso al infierno

He estado leyendo en El blog de Magda los comentarios en torno al dialogismo y me ha llamado la atención la confusión que provoca el termino de Bajtin que, curiosamente, se confunde con la recurrencia temática propia de la literatura.
Entre los ejemplos que se citan, dejando aparte a Eco que ha hecho del dialogismo una forma de narrar, el más evidente parece ser el del Ulises. Es cierto que Joyce establece en su novela un paralelismo con la Odisea homérica, creando de esta forma un continuo diálogo entre los dos textos, sobre todo en lo que se refiere a la estructura narrativa. Pero no hay que olvidar que la obra de Homero no es el fin, sino el pretexto para que Joyce desarrolle todo su talento literario. Un pretexto cargado de ironía y que encierra en el fondo una monumental broma.
Mis dudas y el objeto de este mensaje surgen de otras comparaciones que aparecen en los comentarios. No me parece tan evidente, por poner un ejemplo, la existencia de dialogismo entre El corazón de las tinieblas de Conrad y la Divina comedia de Dante. Yo hubiese escogido, para emparentarla con la Divina comedia, La muerte en Venecia de Mann, pero eso es otra historia.
No sé si exagero diciendo que existe cierta confusión entre el dialogismo bajtiano y lo que sería la elección de un tema recurrente, por no decir El tema, de la literatura.
El descenso al infierno está presente ya en la Odisea y en la Eneida; en la Divina comedia; en Fausto, en Bajo el volcán, en Viaje al fin de la noche y en La muerte en Venecia; tal vez en La montaña mágica y, seguro, en el Ulises, aunque sea por obligación.
Todo viaje puede considerarse un descenso al infierno. En ese sentido lo sería El corazón de las tinieblas. Y mientras voy escribiendo se me ocurre que en última instancia toda obra narrativa puede reducirse al relato de un descenso al infierno, así como la mayor parte de la obra poética.
El enigma de la muerte es consustancial al pensamiento humano y el infierno debe ser considerado, al menos como yo lo entiendo en un sentido literario, como el lugar de los muertos y no ese delirio sadomasoquista ideado por los teólogos cristianos. Indagar, especular, imaginar que ocurre tras la muerte del cuerpo debió ser uno de los primeros síntomas de pensamiento narrativo, de literatura.
Si, como dice Philip Roth, cuando recordamos o escribimos nos convertimos en mitómanos de nosotros mismos, cuando narramos sobre el hipotético viaje que acaece tras la muerte creamos mitos. Y Orfeo es el mito fundacional del descenso a los infiernos.
Que Dante escogiese a Virgilio no es casual. Que Ulises descendiese al infierno y volviese del mundo de los muertos le marca como conocedor de ciertos ritos iniciáticos. Que Eneas hiciese lo mismo le equipara con Ulises, y a Virgilio con Homero.
Los ritos de Eleusis y los órficos postulan la posibilidad de un renacimiento, de un regreso de la muerte y están estrechamente relacionados con el cíclico cambio de estaciones. Una particularidad de nuestro planeta, un accidente físico, la inclinación del eje de rotación de un planeta de órbita elíptica, determina que el pensamiento humano se desarrolle en una dirección concreta (pero no por ello menos azarosa) y genera multitud de bellas páginas y de irracionales creencias.
De todas formas, cuando llegue el momento, por mucha sed que tengáis, acordaos de no beber del Leteo. Girad a la derecha y cuando lleguéis al lago de Mnemosina decid a los guardianes:

“Soy el hijo de la Tierra y del estrellado Cielo. Esto también vosotros lo sabéis. Me hallo desecado por la sed y estoy pereciendo. Venid, dadme inmediatamente la fresca agua que mana del Lago de la Memoria”.

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Posted by marcas_d in 21:11:13 | Permalink | No Comments »

La tira nía del lector (III)

Cuando planteé escribir sobre cualquier tema por muy absurdo que fuese tenía la pretensión de que todo es materia relática. Debo confesar que la propuesta de Fuca me está creando muchos problemas. Y no es porque lo indicado sea demasiado genérico, es decir que “Internacionalismo, destrucción de fronteras, tendencia a lo comunitario” no pueda ser buen material para un relato o comentario, lo que ocurre es que la coletilla “y la proliferación de blogs” no me permite avanzar demasiado, en primer lugar y fundamentalmente, porque me niego hablar en este medio sobre este medio.

Aún mantengo el lema de El lamento de Portnoy, “Los blogs son para onanistas”, porque en estos meses no he encontrado motivos para variarlo. Es cierto que hay comunicación y que en cierta manera es posible un diálogo restringido entre bitácoras, pero fundamentalmente son de naturaleza solitaria. Y, además, creo que los blogs, o las bitácoras, o lo que sea esto, arrastran los mismos defectos que los foros de los que algunos salimos huyendo (y a los cuales deseamos volver): corporativismo, amiguismo, complacencia, etc… En ocasiones tengo la sensación de pertenecer al grupo de chiflados (o no) que desde su improvisado estrado lanzan sus peroratas a los paseantes de cierto jardín inglés. Cuando me siento a escribir llevo siempre conmigo una caja de madera y un embudo… pongo la caja en el suelo, y sobre ella, con el embudo en la cabeza, hablo sobre cualquier fruslería que se me ocurra.

El fenómeno de las bitácoras (o blogs, o lo que sea) se alimenta de sí mismo, es un fenómeno que sufre de un problema de retroalimentación: Un individuo solo habla interiorizando las posibles respuestas manteniendo conversaciones consigo mismo (lo he copiado de por ahí) Salvo contadas excepciones, la bitácora ( o blog o lo que sea) no tiene más valor que el del testimonio personal (airado, desesperado, pedante o soberbio)

La verdad es que no era de esto de lo que quería hablar. Había empezado a escribir una especie de relato futurista en el que toda la información se repartía y controlaba a través de la blogosfera (o bitacorasfera o lo que sea) a través de una Internacional Bloguística que depuraba convenientemente a sus miembros. La Verdad era en el relato propiedad de la Internacional… no era demasiado original. Afortunadamente un fallo en mi equipo mandó el texto al limbo de lo jamás escrito.
Sirva todo esto para justificar mi fracaso y para disculparme con Fuca.

P.S. Presiento, y puede que me equivoque (*) que este es el tipo de mensaje que genera numerosos comentarios en el que cada cual intenta exponer su visión personal sobre el tema. Es el riesgo de escribir sobre blogs para personas que, a su vez, mantienen blogs. Como no quiero ser grosero no citaré al gran Clint Eastwood en El sargento de hierro, pero quiero dejar claro que no es mi intención abrir un debate ( en un lugar en el que el diálogo está prácticamente excluido) que solamente conduciría a una serie de reflexiones onanistas umbilicales que no solucionarían nada… si acaso, me darían la razón.

(*) y espero que comprendáis la paradoja… después de lo dicho, nunca sabré si me equivoco… ergo, tengo razón.

Blade Runner

Albo colombófilo al albur del vacío. Incólume, como no.
Empírico escudriño de renuencias a perecer. Destello de comprensión. Fraternos en la fugacidad, nada nos diferencia. Interroga:
¡Oh, espurio escrutador!, ¿qué sinapsis se excitan cuando lo inevitable dentellea tu calcaño?
Observa y preserva.
Extrema el instante antes de accionar el pronador miológico: Ha visto refractado las tijeras de Atropos desde el cóncavo fondo globular en sus ojos. Satisfactorio.
Astrales registros de inminente caducidad, armagedones concretos de dimensiones pangermánicas. Íntegra disipación en insonoras soluciones salinas se suman ininferidas al cacofónico gotear.
Iconoclástico batido de la sacra substancia augura la consumación.

Posted by marcas_d in 21:09:55 | Permalink | No Comments »

El día que nunca ex istió

Fue un instante crucial en la vida de H. lloró o quiso hacer creer (incluso a si mismo) que había llorado. Que las lágrimas habían mojado el papel (y no cayeron de la condensación de un vaso) Y entre las gotas, con la tinta expandiéndose en los extremos de las letras, escribió la frase sobre la que centraría todos sus textos futuros:
“Me estaban cambiando de sitio”
Unió su sueño de un pez eventrado sobre una bandeja metálica entre marcos de fotografías ajenas sobre la tapa de un piano negro a la pesadilla en la que, en un paseo nocturno por un pueblo costero provocaba el fin del mundo al pisar la sombra de una farola.
Su abuela ya le había advertido.

 

Metis

En tiempos de Ulises los griegos utilizaban la voz metis para expresar una especial mezcla de prudencia y astucia. En la poesía homérica se encuentra representada narrativamente una habilidad cognitiva profundamente comprometida con la práctica y con el éxito, encarnada en dioses, héroes y mortales, considerada indispensable para obtener y ejercer el poder. Literalmente metis significa muchos giros. Es por tanto una metáfora que se aplica directamente a Ulises en un triple sentido. En primer lugar, por la cantidad de vueltas que física y concretamente debió dar en su intento de retornar a Itaca. Enseguida, por los giros que realiza con las palabras cuando se vale de narraciones para salir de una dificultad o construir su discurso persuasivo. Por último, y de manera fundamental, por la cantidad de giros a los que somete su mente en presencia de algún problema a objeto de encontrar una respuesta adecuada.

Homero ofrece una presentación de la metis, que ciertamente no alcanza ser una definición, pero que resulta muy ilustrativa. El anciano Néstor aconseja a su hijo Antíloco en los instantes previos a su participación en los juegos en honor de Patroclo:
Si otros caballos son más veloces, sus conductores no te aventajan en obrar sagazmente. (…) Piensa en emplear una metis múltiple para que los premios no se te escapen. El leñador hace más con la metis que con la fuerza; con su metis el piloto gobierna en el vinoso ponto la veloz nave combatida por los vientos, y con su metis puede un auriga vencer a otro (Iliada, XXIII, 306-349).

La metis es un factor de éxito, quien la posee puede poner las cosas a su favor, aún en las circunstancias más adversas. Es una capacidad compleja, que se expresa en la acción perspicaz, combinando sentido de la oportunidad, sagacidad, anticipación y experiencia. No se opone a la fuerza necesariamente, de hecho pueden ser complementarias. La guerra de Troya se resolvió gracias a la metis de Ulises, pero jamás puede olvidarse que Aquiles espada en mano previamente había dado muerte a Héctor, el principal defensor de la ciudad. Entre los dioses las cosas no son muy distintas, Zeus llega a la cima del poder divino después de una dura lucha potenciando su metis con las fuerzas del desorden y la brutalidad. Lo esencial es establecer que la metis es muy distinta de la fuerza y sin duda superior a ella, sin dejar de lado que se inclina continuamente hacia el engaño y la trampa, fuertemente dominada por el imperativo del éxito. En el mundo de los mortales se la puede reconocer positivamente sin distinción en un gobernante, un carpintero, un artesano, un navegante, un pescador, un orador o un estratega, lo que indica su profunda ligazón con la vida cotidiana, más allá de las escenas heroicas. Aún así, en la medida en que se despliega normalmente recurriendo a todo tipo de artimañas, adquiere el perfil de la conducta tramposa.

Posted by marcas_d in 21:09:06 | Permalink | No Comments »